Tenía las cicatrices abiertas y el paso firme. Aparentemente por lo menos. Había ido al bar a buscar sus recuerdos perdidos de la noche anterior. Le dijeron que no era cosa de ellos, hombres serios y bebiendo mientras charlaban de fútbol. Al salir le pareció que toda la calle era de césped. Comenzó a correr, tanto tanto que le desaparecieron los zapatos de tacón y hasta los propios pies. Llegó un momento en que ya ni le quedaba cabeza y los pájaros la confundieron con la brisa que les llevaba al sur. Ella era el Sur.