16.08.17


Era de noche, y La Habana parecía una cura para cualquier enfermedad. El lugar, viejo y colorido, estaba lleno de gente. La vi al instante, con la mirada perdida. Me pasé un buen rato nervioso, deseando saber quién era. Me animé a mirarla a los ojos y pedirle bailar. Allí parecía que estábamos solos, como en una clase infinita de placer. Se me cayó el vaso de ron, con los nervios, ella dijo que no pasaba nada. Cuando se acercó temblaron las alarmas de los prejuicios, nada importaba. Sólo importaba aquello, y al mismo tiempo todo era mejor. El vestido era precioso, necesitaba que en algún momento fuese mía. Pero no sólo aquella noche, todas. Y poder verla despertar como el mejor ritual del mundo. Cuando empezamos a bailar una sonrisa se me pegó en la cara, sentir su cadera y poder verla feliz. Aún hoy le sigo queriendo dar esas vueltas para ver su pelo volar, en el pasillo de casa o en donde sea. Su felicidad es el mayor motor de mi alegría. Por eso aquella noche bailamos, horas y horas. Se despidió callada, y yo lloré. Sabía que nada era más importante que jugar a ser libres juntos, por eso ahora nos queremos así.

 

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