20.01.17


(Capote)

A las cinco de aquella tarde de invierno, ella tenía cita con el doctor Bentsen, en otro tiempo su psicoanalista y su amante en la actualidad. Cuando su relación cambió de lo analítico a lo emocional, él insistió, basándose en razones éticas, en que ella dejara de ser su paciente. No es que tuviera importancia. No había sido muy útil como analista, y como amante, bueno, lo vio una vez corriendo para coger el autobús, un intelectual de Manhattan, de doscientas veinte libras de peso, bajo, cincuentón, con el pelo rizado, de caderas anchas y miope, y ella se había reído: ¿cómo era posible que pudiese amar a un hombre tan malhumorado, tan poco favorecido como Ezra Bentsen? La respuesta era que no lo amaba; de hecho, no le gustaba. Pero, al menos, no lo relacionaba con la resignación y la desesperanza. Ella temía a su marido; no tenía miedo del doctor Bentsen. Sin embargo, era a su marido a quien amaba.

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