22.12.17


Cunqueiro 🙂

Relaciones marítimas

El mar es mucho más complejo, en su realidad y en su fantasía, que todo lo que podamos imaginar desde tierra firme. Va para ocho meses que no veo el mar, y esto me tiene un poco desazonado. Sueño con el mar, con sus olas que vienen hacia la tierra bravas o mansas, y con el dilatado horizonte marino… Un amigo que vive en una colina que vigila la muerte de un dulce y breve río en el verde mar me escribe una extensa carta. La posdata dice así: «Ayer subió el primer salmón. Lo dejé entrar». Como un portero mayor de los ríos, mi amigo ha permitido al plateado salmón que remonte la corriente verdinegra del Masma y se pose en un recanto a desovar, quieto y aburrido, hasta que llegue la hora de emprender el viaje de regreso al fondo submarino…

Los viajes del salmón están muy estudiados. Su memoria, una memoria secular, lo trae y lo lleva siempre por los mismos caminos. El salmón se sabe la antigua geografía, la geografía de los días de la Creación, cuando el Támesis era afluente del Rin y el Avon del Loira, o, en otro lenguaje, cuando Gog y Magog eran vasallos de Sigfrido, y Shakespeare y Peguy cantaban el mismo verso… El salmón no abandona nunca el cauce sumergido de los antiguos grandes ríos los fosos de las foces hundidas. Donde la diestra de Dios lo depositó, perpetuamente navega. De buscar un pez para símbolo de la fidelidad, en vez del delfín de los antiguos llevaría yo a la heráldica el argento del salmón sobre azur. Eso es.

«Ayer subió el primer salmón». Cuando la disputa por los bosques sumergidos de Arnival, los ingleses —los obispos ingleses; las grandes disputas son aquéllas en que intervienen los obispos— anillaron un salmón, que no subió al año siguiente por el Támesis: se fue a Ruán. Tenía el arzobispo irlandés de Armagh un diezmo de salmones y se lo discutieron varios feudales del Donegal; pero el obispo logró que, alrededor de su báculo, se agruparan todos los salmones de Irlanda, huyendo de las espadas de los caballeros. El salmón, pues, puede servir de argumento jurídico, y es probable que en Bolonia, donde los canonistas contaban las cerdas del rabo del caballo blanco del Emperador, hayan estudiado estas historias de salmones con pelos y señales; digo, con escamas y señales.

¡Si pudiera seguir yo el viaje submarino de los salmones que bajan por el Masma! ¿Adónde va a morir el río que me vio nacer? Los de Ribadeo dirán que al Eo, que es, hasta que llega al mar, un río de agua mineral. Yo lo niego. Quizá derive hacia el Oeste en busca del Landro, el río de Pastor Díaz,

Donde la lira de Albión

hallé perdida.

Esto me gustaría. Son dos ríos gemelos, mansos y verdes bajo la cabellera despeinada de los sauces llorones. Ambos han oído poetas y visto milagros. Yo los amo.

Quisiera estar asomado al mar desde un alto cantil, viéndole ir y venir, cantar sordo o bruir terrible. Quisiera ver un velero; un tres palos, cruzar, viento en popa. Quisiera oír la arena cantar bajo mis pies. No se debe, no, estar ocho meses sin ver el mar. Ya sé que hay muchos españoles que no lo han visto nunca, y esto me entristece. Debía haber billetes de ferrocarril gratis para ir a ver el mar, los puertos, los barcos. España tiene tres mares hermosos y los españoles deben conocerlos. Sobre todo, los niños. Yo, de rapaz, como ahora de hombre, tenía media imaginación llena de relaciones marineras. Y sabía tantas historias del mar como de la tierra. No hay más hermosos caminos que los del mar, que los caminos que saben los salmones y las goletas de antaño y que éstos de los grandes transatlánticos de hogaño. Dan estos caminos poder, riqueza, fantasía.

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