24.11.17


“La primera biblioteca que conocí en mi vida fue mi madre.

Ella fue quien antes me desveló el secreto de las palabras, su capacidad mágica de crear historias.

Cada noche, antes de dormir, visitábamos las estanterías de su memoria. Y un día era una canción antigua – <<Gerineldo>>, <<Delgadina>>, <<Blancaflor>>, El gato con botas, La bella durmiente o Caperucita, esa que nunca más podrá volver a Manhattan…

Las más, unas rimas o unas risas.

Más tarde aquellas palabras llegaban también a través de las ondas, como el mar. Alrededor de una radio que a todos nos congregaba – todavía no había aparecido el autismo del transistor – escuchábamos embelesados las andanzas de Aladino, los viajes de Simbad, las aventuras galácticas del inefable Diego Valor o las tribulaciones castizas del buen Garbancito de la Mancha, tan pequeño él que apenas podía salir de la oreja del buey donde había caído.

Y el baúl de historias se iba llenando. Y jamás dejaba de haber sitio en él para una nueva. O para las mismas, siempre repetidas, aunque nunca idénticas.”

Fragmento de “Leer contra la nada”, Antonio Basanta. Siruela. Biblioteca de ensayo.

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